Interés General

Pablo Escobar ¿chivo emisario en un falso positivo?

noviembre 20, 2021 4:00 pm POR MED

“Los mitos asumen formas de demonios o de ángeles, según quien los mire y los describa.

Nunca quedan por fuera los intereses de quien mira y describe.”

¿Pablo Escobar fue un mito demonizado para cubrir a otros demonios?

“Todo el arte de la guerra se basa en el engaño. El supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar”. (Sun Tzu)

¿Cuáles fueron los engaños en esta supuesta guerra contra el narcotráfico en que Pablo Escobar resulta el chivo emisario de tantos otros demonios hoy tan saludables?

El término “falso positivo” es “acuñado en una sala de crisis por militares colombianos, durante la primera década del siglo veintiuno” para referirse a un “escenario no cierto” y con el propósito de “ desviar responsabilidades estatales e institucionales para opacar y desviar la atención por denuncias de organismos internacionales, defensores de derechos humanos y víctimas por el asesinato generalizado y sistemático, en figurados campos de batalla, de personas indefensas que fueron reclutadas, secuestradas y aprehendidas de manera legal e ilegal”.

Según investigaciones de Omar Eduardo Rojas Bolaños “los asesinatos de no combatientes por militares y policías no solamente obedecían a la estrategia de conteo de cuerpos para demostrar que se le estaba ganando la guerra al terrorismo, y a la política de recompensas y premios para victimarios e informantes instaurada por el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, sino que además existía una desconexión moral y profesional en los victimarios, lo que evidenciaba a su vez la pérdida de la sensibilidad humana en sectores sociales, una estrategia de guerra sucia, psicológica e introducción de la teoría social del falso positivo, política desarrollada desde la institución militar. Se mostraba allí que, en el plan estratégico del sector de defensa y seguridad, con operación en los planes de acción de divisiones, brigadas, batallones, direcciones y departamentos, se proyectaba al inicio de cada año un número de terroristas a dar de baja, correspondiente a un indicador periódico de evaluación institucional. La estrategia condujo a integrantes de las fuerzas armadas, en coordinación con otras dependencias del Estado, a ilusionar, aprehender y secuestrar alrededor de diez mil personas no combatientes provenientes de estratos socioeconómicos bajos, a quienes asesinaron, uniformaron y les plantaron armas de fuego y otros elementos”.

En este marco aportaré datos con otras miradas.

El vuelo 203 de Avianca fue el viaje de un avión Boeing 727-21 que fue ¿víctima de un ataque terrorista? y que explotó en pleno vuelo sobre el municipio de Soacha, Colombia, el lunes 27 de noviembre de 1989 poco después de haber despegado del aeropuerto El Dorado de Bogotá con destino a Cali. A pesar de que inicialmente se pensó que fue un accidente aéreo, las autoridades concluyeron que la explosión se había dado como resultado de una bomba introducida por el Cartel de Medellín que al parecer iba dirigida contra César Gaviria, para entonces candidato presidencial, quien en realidad no había tomado el vuelo tras ser alertado por sus asesores de seguridad

“Entre la mafia y la justicia se dan la mano”, dice el hermano de la “Kika”, quien fue condenado a 10 cadenas perpetuas en Estados Unidos por la explosión del HK 1803. Aunque en Colombia el “Arete” se autoincriminó en el caso, su testimonio fue despreciado por las cortes norteamericanas. Si hubo una bomba, ¿al fin cuál de los dos   la puso?

Una investigación periodística revela cómo la teoría que responsabilizaba al narcotraficante Pablo Escobar por la explosión del avión de Avianca de 1989 se construyó sobre la base de un débil y rebatible informe del FBI.

Richard Hahn, el agente del FBI que visitó Colombia en diciembre de 1989 y concluyó que existían pruebas incontrovertibles de una bomba a bordo del avión de Avianca, seis años más tarde fue acusado de fabricar pruebas y no tener la experiencia adecuada en explosivos.

Fred Whitehurst, un excombatiente de Vietnam con un doctorado en química,  trabajaba en el FBI como agente supervisor especial en el Laboratorio de Criminología.  Se encargó en los años 90 de sacar al sol los trapos sucios de dicha agencia. Sus denuncias obligaron al gobierno norteamericano a revisar casos como el de Avianca y concluir que sus “expertos” se habían extralimitado.

Whitehurst se dio cuenta de que en el interior del laboratorio las cosas no funcionaban como debía ser. Como científico de alto nivel le ofendía lo que veía alrededor. Algunos de sus colegas no tenían preparación académica ni científica para los cargos que ocupaban. Tampoco realizaban su trabajo con rigurosidad. Más tarde diría que sus “hábitos de trabajo eran descuidados”. No prestaban atención a las normas de seguridad, se paseaban por zonas de análisis químico con botas y ropas sucias, opinaban sin saber de los temas. Era una cultura de trabajo que lo irritaba, pero toleraban los altos estamentos del FBI. La contaminación de muestras era una de sus preocupaciones. Los instrumentos de laboratorio eran ultrasensibles y calibrados para detectar trazas casi insignificantes de residuos químicos, así que el simple roce con un guante contaminado podía producir un falso resultado positivo.

Hahn se convirtió en uno de los protagonistas del escándalo que sacudió la reputación del laboratorio del FBI. La unidad a la que pertenecía fue acusada de mala conducta y prácticas inadecuadas. La Oficina del Inspector General del Departamento de Justicia (OIG) asumió la investigación. Acorralado por sus examinadores tras 18 meses de investigación, Hahn admitió que se había extralimitado en sus análisis sobre el caso del avión de Avianca. Los peritos que esculcaron su vida y su trabajo dentro del FBI concluyeron que Hahn había realizado deducciones que “estaban más allá de su experiencia”. Así se abrió una grieta profunda en la historia oficial sobre lo ocurrido aquel 27 de noviembre de 1989 en el cielo bogotano. Si Hahn se equivocó era probable hallar otras inconsistencias en la investigación. Comenzaba a emerger la otra historia sobre el avión de Avianca que no le fue revelada a Colombia.

Ante los cuestionamientos de la Comisión de Peritos aceptó que su entrenamiento en explosivos fue totalmente informal. Nunca asistió a escuelas especializadas en  explosivos. Su experiencia con explosiones en aviones se limitaba a su participación en el grupo que investigó el vuelo 103 de Pan Am el 21 de diciembre de 1988, en el que su tarea consistió en recuperar objetos personales de las víctimas. Richard Hahn aceptó que no tenía experiencia en química ni metalúrgica. Además admitió que jamás había visto una pieza de aluminio de un avión expuesta a los efectos de un explosivo.

Richard Hahn añadió a su testimonio una crítica al gobierno de Estados Unidos por adelantar una investigación “incompleta y superficial” de la explosión del vuelo 203 del avión de Avianca. Y otra contra el Gobierno colombiano: “Una vez que la aerolínea se libró del problema, y el Gobierno colombiano también se sintió libre del problema, simplemente dijeron al diablo con esto, empaquen sus maletas chicos y salgan de aquí”.

En el informe final sobre el escándalo del laboratorio del FBI, en el caso del avión de Avianca, los peritos dejaron escrito:

Concluimos que en los juicios de Muñoz Mosquera (la Kika), el agente Hahn no cometió perjurio, ni fabricó evidencia, o intentó confundir a la Corte. Sin embargo, creemos que cometió varios errores: testificó equivocadamente en el primer juicio al decir que la dinamita no podía provocar la corrosión y la craterización en el avión; dio opiniones científicas relacionando la corrosión y la craterización con la velocidad de detonación que no tienen sentido y no se justifican por su experiencia; antes del segundo juicio no investigó sobre la validez de sus teorías aun cuando la literatura que adjuntó Whitehurst en su memorando estaba en conflicto con su teoría; dio un testimonio incompleto en relación con los resultados de la Unidad de Materiales; testificó de forma equivocada y por fuera de su área de conocimiento en relación con las explosiones aire-gasolina, y sobrestimó ligeramente su experiencia”.

Tras inspeccionar el lugar del accidente, Walter Korsgaard, un veterano en investigaciones de accidentes aéreos comisionado por la Administración Federal de Aviación, concluyó que las bombas de presión para que el combustible fluya desde los tanques de gasolina hacia el motor, ubicadas en el ala derecha, podían haber originado la explosión. En los dos meses previos, los pilotos habían reportado nueve fallas.

Otros interrogantes se abren, por ejemplo, con respecto a las víctimas.

Elizabeth Ballén, esposa de Jaime Alejandro Vanegas, un exitoso empresario bogotano que murió el 27 de noviembre de 1989, se acercó a los investigadores para revelar un secreto que guardó durante 26 años. Por equivocación del Instituto de Medicina Legal sepultó dos veces a su marido. Sólo uno era el verdadero. El otro cadáver nadie lo reclamó.

¿Si el explosivo fue puesto en el avión por un suicida engañado por el Cartel de Medellín, por qué nunca apareció su cadáver entre las víctimas? En una investigación sobre accidentes aéreos una prioridad es la identificación de las víctimas. En el caso del vuelo 203 de Avianca, tantos años después nadie tiene clara la lista.

Pero en la historia oficial del avión de Avianca HK 1803 no sólo resultó oscura la identidad de los perpetradores del atentado. También es incierto el motivo del crimen: matar a César Gaviria Trujillo. El entonces candidato a la Presidencia de la República no tenía planeado volar en ese avión. Más aún, no tenía motivos para viajar esa mañana a Cali. Cuatro días antes, el 23 de noviembre de 1989, había visitado la ciudad azucarera.

¿Por qué entonces se autoincriminaron  la Kika  y el Arete en este atentado?

Una de las primeras decisiones de César Gaviria al convertirse en presidente fue firmar un decreto, en el que trazó una política de sometimiento a la justicia para los narcotraficantes. A cambio de entregar armas, laboratorios, parar la guerra y confesar sus crímenes, se salvaban de la extradición y recibían una jugosa rebaja de penas. Como ese decreto no sació a los narcos, Gaviria decidió ser más blando y firmó otro decreto, que permitía acumular penas y saldar las cuentas con la justicia en una sola sentencia. Luego, con un tercer decreto, terminó de abrir la puerta de la justicia a los narcos con el objetivo de parar la violencia desmedida que asolaba al país.

En el expediente del caso Avianca figuró desde el principio Pablo Escobar Gaviria. El Patrón, sin embargo, jamás admitió su autoría. En junio de 1991, al someterse a la justicia, negó su participación en el atentado. Declaró que una de sus mayores sorpresas de los últimos tiempos la constituyó una noticia aparecida en los diarios de la mañana que lo acusaba de haber participado en la planeación del asesinato de Luis Carlos Galán y del atentado contra el avión de Avianca.

Cuesta trabajo creerlo, pero Escobar no tenía pudor para reconocer sus crímenes. Tres horas después de la bomba contra el DAS (Depto. Administrativo de Seguridad) circuló un panfleto en Medellín en el que reconoció las “ejecuciones de jueces y magistrados que se prestaron en compañía del señor Maza Márquez para sindicarnos de delitos y masacres que nunca cometimos”. Su grupo también reivindicó el crimen del coronel Franklin Quintero, por “su responsabilidad en las detenciones de nuestras familias inocentes”.

Con certeza podemos decir que “alguien miente”.

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