Interés General

Escuela Domiciliaria y Hospitalaria Nº 1391. Una gran desconocida

noviembre 11, 2021 4:28 pm POR MED

Su gran tarea, su alcance, su historia.

Dada la ardua tarea que realizan desde la Escuela Hospitalaria Nº 1391, en el afán de garantizar el derecho a la educación de niñas y niños con problemas de salud, y en honor a su compromiso, es absolutamente meritorio que demos a conocer sus vivencias.

En una conmovedora entrevista he podido recoger algunas de ellas y es muy grato poder compartirlas, con el profundo deseo de llegar a todos los corazones.

La misma se realizó en el Hospital de Niños Zona Norte, de Rosario, Santa Fe.

Tras recorrer largos pasillos, se llega a la salita donde se encuentran las docentes Analía del Sol y Gisela Carrizo, la vicedirectora Marcela Menechelli y la directora Claudia Oviedo. Una bandera me señala el acceso. La recepción es muy cálida en ese pequeño recinto donde proyectan día a día sus clases y guardan sus materiales pedagógicos, haciéndose lugar como pueden.

Marcela, asumiendo su antigüedad en la institución toma la palabra. Cuenta que en 1988 comienza como docente domiciliaria hasta el 2011, y a partir de allí asume como maestra hospitalaria. En el año 2015 asume como vicedirectora interina, ya en  2018 su cargo es el de directora de cuarta categoría y próxima a jubilarse.

Dice Marcela que “es un trabajo que se elige a pesar del gran desgaste emocional que implica. Una  se nutre del amor de los niños, de la participación y el reconocimiento de ellos y de su familia tanto como el de la comunidad hospitalaria y de la comunidad en general…  más allá del dolor, nuestra postura es llevar un poco de alegría, esperanza, cariño y contención a los niños y a sus familias. Más allá del acto pedagógico es transmitir este cariño y este ‘me interesa lo que te está pasando,  lo vas a superar, antes o después’. Me ocupo pero no de la enfermedad difícil de sobrellevar, sino de lo que pueden hacer los niños durante estos momentos. Esta escuela me forjó una forma de ver la vida valorando la salud. El ver chicos que hasta ayer estaban sanos y de repente se enferman te obliga a valorar la salud. Tengo dos hijos. Una de 32 y un hijo de 22. Comencé a trabajar antes de tenerlos a ellos. Cuando uno de mis alumnos partió, el primero que partió en mi historia, y que tenía la misma edad de mi hija, fue muy conmocionante. Una no está preparada culturalmente para la muerte de niños. Me llevó a cuestionarme si podía seguir en este trabajo. La mamá de ese niño tuvo un acto de generosidad enorme conmigo, en medio de su dolor me dijo que ella sentía que hasta el momento de su partida el niño había sido feliz porque yo le iba a dar clases, ahí le encontré un sentido. Con él jugábamos mucho y eso lo hacía sentir bien”.

Es una labor que ayuda a sanar. Y ayuda a morir aunque suene duro.

Y continúa: “en esa época sólo hacíamos docencia domiciliaria. Y es muy sanador para los chicos, para la familia y para una misma; los chicos piensan en otra cosa, en jugar, en aprender, en vivir”.

Claudia agrega que “ahora sólo es escuela hospitalaria. En el 2011 dejamos la parte domiciliaria y ahora se encarga cada escuela de lo domiciliario. Nuestra escuela pasó de la instancia privada a la oficial. Se creó la modalidad educativa domiciliaria en el ámbito provincial, ampliando de este modo la cobertura de este derecho a todos los niños y a todas las niñas. Antes sólo recibían servicio domiciliario en Rosario y Santa Fe. Ahora es en toda la provincia. Trabajamos en el Hospital de Niños Víctor J. Vilela, el Zona Norte, el Provincial y el Centenario (ahora está cerrada la sala de pediatría por la pandemia). Se está sumando el HECA. Ahora nos incorporaron la atención a estudiantes de secundaria”.

La ley de escuelas  domiciliarias incluye a todas las escuelas públicas y privadas.

Si un chico de escuela  privada está haciendo un tratamiento prolongado que ya requirió el servicio  domiciliario, cuando se interna en una clínica privada, su maestra tiene que acompañarlo.

En el caso de niños que vienen de otras localidades a internarse en una clínica privada de Rosario, con modalidad de atención domiciliaria y sus maestras por razones obvias no pueden acompañar, la directora provincial de la modalidad, Raquel Tibaldo, solicita a la Escuela Hospitalaria realizar el servicio en dicha clínica.

Gisela, mientras prepara material pedagógico interviene: “Soy nueva. Llevo dos años reemplazando. Siempre me acompañaron docentes con más experiencia. Recuerdo dos cosas. Cuando Marcela me dijo: Acércate siempre a través del juego. Un títere, una cara loca, un gesto simpático. Ahora entro a la sala haciendo de Superman. Pregunto ¿quién soy? y se ríen. Otro recuerdo fuerte, en una situación especial, un niño me agarró del guardapolvo para detenerme, para que no lo dejara. Hay una muy delgada línea entre el docente y el médico. Se aprende en la marcha. Una, desde su corazón de madre quiere apapachar, pero no siempre se puede, no siempre es correcto. Por ejemplo a un niño intervenido quirúrgicamente, en aislamiento de contacto o por tantos catéteres que suelen invadirlos. Y las compañeras te lo van marcando. A veces lloran por cuestiones cotidianas, por ejemplo querer caminar, bajarse de la cama, y una los entiende, son niños. Una con un niño sano qué haría. Lo abrazaría o le tocaría la mano. Pero muchas veces no podemos y ahora con la pandemia menos. Tenemos ese tipo de acompañamiento. Nos sale la mamá y nos sale enojarnos porque no nos gusta el diagnóstico  o tarda la enfermera en llegar. Uno acompaña a la mamá para que resuelva, contenemos. Y se aprende con la práctica”.

Marcela insiste en el “autoprotegernos. Yo puedo hasta aquí. Vemos la evolución cuando falta poco tiempo para la partida y vemos que debemos poner un límite. Acompañamos hasta donde podemos, con sentido común, para que el dolor no nos devaste”.

La proyección de las tareas pedagógicas y de acuerdo al diagnóstico es un día a día. Función que se cumple en adaptación al ámbito.

Gisela pone énfasis en remarcar que se esfuerzan en diferenciar su tarea de la del personal de salud. “Yo no te pincho, no te reviso, no te invado”.

Analía da cuenta de casos excepcionales. “Tuve que ayudar una vez con un niño con el  que teníamos confianza, de largas internaciones, con un vínculo largo y él eligió que yo le ayude. No quiso que busque a la mamá. Le bastaba con mi contención. Normalmente esa tarea de ayuda al personal de salud corresponde a la persona que está cuidando. El personal del hospital está todo ‘angelado’ (un término novedoso para mí ¿ángeles modelando al personal? Muy tierno)  hay mucha calidez y cuidado. Mucha delicadeza en sus intervenciones”.

“El horario límite es el de la comida. Se termina la clase. Y te preguntan si volvés mañana. Clara señal de que disfrutó del momento. Son cosas impagables”.

Gisela explica: “Respetamos como se siente, si tiene dolor, cómo está de ánimo. Entendemos que están lejos de su casa. Tratamos de llegarles de distintos modos. Con monerías, con preguntas cálidas. Respetando siempre por lo que está atravesando. El niño está internado por problemas de salud. Es lo prioritario. La escuela está para acompañar, sostener. Les lees, les escuchas historias de sus vidas, de sus mascotas.  Esto me obligó a una autocrítica de la práctica pedagógica en este ámbito. Había una chica presa con su bebé y la nena de la cama de al lado la veía esposada y eso era fuerte, entonces escucharlos es parte de la tarea. No somos psicólogas pero atender la subjetividad es parte del proceso de aprendizaje”.

Claudia agrega: “Ahora tenemos una psicóloga. Una nueva incorporación además del nivel secundario. La veníamos pidiendo desde siempre. Nuestra psicóloga trabaja con el equipo de salud mental del hospital ante crisis subjetivas, problemáticas específicas, hay casos de algunos niños que son internados hasta encontrarles un hogar transitorio. Por riesgo de enfermedad mental, violencia intrafamiliar, vulnerabilidad extrema, abuso, abandono. Son intervenidos en el hospital para evaluar su estado general. Se los asiste y se los mantiene hasta encontrar lugar. No hay salas especiales para ellos. Ellos ven la rotación constante de la camita de al lado que se va y ellos quedan. Se hacen amiguitos y luego se van. Les afecta. Necesitan estar con chicos”.

La pandemia afectó principalmente a los niños por no poder estar con sus pares. Los cachorros de todas las especies se buscan, se necesitan.

“El Vilela tiene patio interno y lugar para alojar a los niños, pueden salir de la sala e interactuar. En el Zona Norte no tienen esa posibilidad. El Vilela genera un espacio de encuentro. Es un agravante en el Zona Norte no contar con él” dice Claudia.

“El Hospital Zona Norte es muy pequeño y creció en estructura para la atención de salud física. Es la mirada de la medicina fría, positivista y biologicista” en palabras de Marcela. “Para nosotras no son pacientes. Son estudiantes que están atravesando una situación en la que apuntamos a empoderar su aspecto sano, lo que puede. Ayudar a su rápida recuperación”.

El material que se utiliza para el acto pedagógico lo adquieren de un presupuesto mensual chiquito. Fibras, papeles, atriles.

Se atienden chicos con obra social también y a todos se les provee de dicho material. La población  que se atiende en los hospitales no es sólo de los barrios más humildes y sin cobertura médica, hay muchos chicos con obras sociales, clase media empobrecida.

En una tercera y última nota cerraremos con datos de su historia que hacen a logros y a requerimientos pendientes. También  con informes precisos para quienes deseen o necesiten esta asistencia.

Tener presente a esta escuela es tener presentes a nuestras infancias, especialmente en uno de los momentos más duros de sus vidas, los del tránsito de una dolencia.

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