Interés General

No todas las historias son conocidas

noviembre 7, 2021 11:48 am POR MED

Pablo Escobar ¿Mito demonizado para cubrir a otros demonios?

“Los mitos asumen formas de demonios o de ángeles, según quien los mire y los describa.

Nunca quedan por fuera los intereses de quien mira y describe.”

Y para responder aquella pregunta me voy a servir de un trabajo del prestigioso periodista e investigador boliviano, Boris Miranda, fallecido recientemente por graves problemas de salud, y que desarrollara parte de su trabajo en la BBC con tareas como productor multimedia, corresponsal en Bolivia y en Colombia.

No se puede comprender el fenómeno “Pablo Escobar” sin analizar, aunque sea superficialmente, su conexión con Bolivia.

Tres personajes son claves en esta conexión y son los que más me interesan, por el poco conocimiento que existe acerca de ellos.

Ellos son Roberto Suárez, Sonia Atalá y Klaus Barbie, el nazi apodado “el carnicero de Lyon”.

Según Boris Miranda,  “Pablo Escobar y Klaus Barbie compartieron mucho más que una bandeja paisa en Medellín o unas copas de Dom Pérignon en la Amazonía boliviana. Juntos, el Patrón y el Carnicero de Lyon fueron dos de los principales engranajes de una máquina que controlaba casi 90% de la producción y distribución de cocaína en el mundo a través de una conexión que comenzaba en Bolivia, pasaba por las selvas colombianas y terminaba en las calles de Estados Unidos y Europa. Sellaron acuerdos con presidentes en Panamá, combinaron sus ejércitos personales de paramilitares, combatieron el sandinismo en Nicaragua y montaron negocios con el Banco del Vaticano. La droga fue la excusa para el encuentro entre el narcotraficante más famoso de la historia y el viejo nazi que, con ayuda de la Agencia Central de Inteligencia (cia), huyó de Europa cuando acabó la Segunda Guerra Mundial.”

«El Rey», como le decían a Roberto Suárez, fue el más grande narcotraficante boliviano.

Su cumpleaños fue la excusa que juntó en un mismo salón al Carnicero de Lyon con el Patrón.

Klaus Barbie, cuyo apellido era Altmann, una vez derrotados los nazis, comenzó a colaborar con la CIA para combatir al bloque socialista de Europa del Este. Sus contactos y «habilidades» le permitieron ser uno de los «reciclados» por los estadounidenses. La incesante búsqueda montada por los franceses para que pagara por las muertes y los confinamientos masivos de los que fue responsable lo obligó a escapar a través de una de las ratlines habilitadas por el clero católico para ayudar a algunos seguidores de Adolf Hitler. Se instaló en Bolivia y estableció vínculos en las más altas esferas sociales.

El presidente Barrientos creó la empresa estatal Transmarítima Boliviana y puso al frente de ella a su amigo personal: el ciudadano alemán nacionalizado boliviano Klaus Altmann, falsa identidad que ocultaba al criminal de guerra nazi Klaus Barbie, quien asumió también como asesor del Departamento IV del Ejército, encargado de contrainsurgencia.

En América Latina soplaban vientos de revolución. Cuba, China y Vietnam inspiraban a miles de jóvenes para tomar las armas en busca de cambios sociales más profundos. La Agencia Central de Inteligencia norteamericana, CIA, contactó a Barbie casi al mismo tiempo que Ernesto “Che” Guevara ingresaba a Bolivia, a comienzos de 1967, con la intención de crear un foco guerrillero en las selvas de Ñancahuazú. El Che no logró sus propósitos, pero concentró todos los esfuerzos de Washington y de sus aliados en el continente para impedir que iniciativas similares cundieran en Bolivia o en otros países de la región. En los años siguientes, los regímenes militares y la Doctrina de Seguridad Nacional inundaron América del Sur.

Se sucedían los gobiernos electos y los golpes de estado militares de manera casi matemática.

En la dictadura del coronel Hugo Banzer (1971-1978) había una disputa feroz entre los militares por conseguir terrenos en el oriente de Bolivia y quedarse con el dinero que llegaba de los créditos internacionales que hicieron insostenible la deuda externa de Bolivia. Se sospecha que ahí comenzó el narcotráfico; no de la mano de los paramilitares o criminales, sino desde las mismas Fuerzas Armadas y con los nuevos terratenientes cruceños que se llenaron de dinero y títulos de propiedad gracias a Banzer.

El 17 de julio de 1980 un grupo de militares estrechamente ligados al narcotráfico, liderados por Luis García Meza y su lugarteniente Luis Arce Gómez con apoyo activo de la dictadura militar argentina y la acción de un comando terrorista denominado los Novios de la Muerte  (organizados por el criminal nazi Klaus Barbie) y el mafioso italiano Marco Marino Diodato, encubiertos por la CIA, produjeron un nuevo sangriento golpe de estado, derrocando al gobierno democrático de Lidia Gueiler e impidiendo la asunción de Hernán Siles Suazo.

Los “barones del narcotráfico”  habían tomado el poder.

El general García Meza era amigo íntimo del principal productor de cocaína de Bolivia, el empresario y narcotraficante Roberto Suárez Gómez.

Según palabras de Mike Levine, un ex agente encubierto de la DEA, era “una verdadera asociación entre el gobierno, los narcotraficantes, criminales de guerra nazis y la CIA, agencia cuya historia ha demostrado que es un organismo compuesto por incompetentes criminales”.

Sonia Sanjinés de Atalá  supera cualquier novela de ficción que ha surgido en los últimos años sobre las mujeres en el negocio del narcotráfico latinoamercano. Bella, manipuladora, ambiciosa y de sangre fría, Atalá fue la verdadera reina de la cocaína. Una mujer que amasó una fortuna, que provocó la muerte de muchos y que, al final, logró embaucar a la propia Drug Enforcement Administration (DEA) para deshacerse de sus competidores.”

Fue una persona de confianza de Arce Gómez y con probadas conexiones en Colombia y Estados Unidos, país donde la mayoría de los traficantes bolivianos aún temían llegar.  Arce Gómez  le confió esta tarea  bajo una premisa: “Inundar de cocaína a Estados Unidos”. Y la cruceña cumplió a cabalidad con esta misión. En seis meses Atalá, de 30 años, se convirtió en la principal agente de ventas de la “droga gubernamental”. Desde el Cartel de Medellín hasta la mafia italiana, Atalá extendió el negocio de abastecimiento de cocaína a niveles nunca antes conocidos en Bolivia.

Tal fue el poder alcanzado por esta mujer que Gómez Arce decidió terminar con ella. Amenazada por todos los flancos, la reina de la cocaína recurrió a sus contactos para hacer un trato con a la DEA: Les entregaría en bandeja de plata a los mayores narcos de América Latina, incluido Arce Gómez, a cambio de protección para ella y su familia.

Sonia ingresaba así al Witness Protection Program (Programa de Protección de Testigos) dando vida a la Operación Huno (nombrado así por un juego con el apellido Atalá: Atila, el Huno). Lo que la DEA desconocía era que Sonia Atalá era, a su vez, un “activo” de la CIA, al igual que gran parte de los funcionarios del régimen militar.

No es posible hoy encontrar fotos de Sonia ¿Estará disfrutando de su fortuna en Bolivia?

Boris Miranda narra en su artículo que “el ex-agente encubierto conoció y fue parte activa de los procesos contra varios de los más famosos narcotraficantes colombianos, sobre los que ahora se escriben libros y se producen telenovelas y películas. Hoy no tiene dudas de que los peces gordos bolivianos a los que había implicado en 1980, en una mega operación traicionada por la CIA, eran mucho más poderosos y valiosos que Pablo Escobar dentro del mercado mundial de las drogas.

Bolivia era responsable de la producción de 90% de la cocaína en el mundo. Pablo Escobar era uno de los traficantes de cocaína más importantes a los que Sonia Atalá vendía cocaína. Él solía llamar a Sonia «la reina con la corona de nieve». Ella era mucho, mucho más importante en la historia de la cocaína en América del Sur que él.”

Levine asegura que Escobar fue una creación del American media (los medios estadounidenses).”

Todo esto me anima a aseverar que Pablo Escobar fue un mito demonizado para cubrir a otros demonios.

No limpio con esto su nombre, plagado de violencias diversas. Sólo intento mostrar que otros monstruos, hoy libres de manejar el negocio de las drogas, gozan de buena salud.

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