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Un Papa entre dos futuros

octubre 25, 2021 12:36 pm POR MARIANO YAKIMACIUS

El Papa Francisco apunta a realizar una consulta popular entre la feligresía católica para fijar el rumbo de la Iglesia. El peligro de la reacción conservadora.

La Iglesia Católica, institución de alcance global, conservadora y jerárquica por excelencia, se enfrentará a un proceso democrático. Más aún, podría considerarse la mayor consulta popular de la historia de la humanidad y podría culminar en la transformación de una de las religiones más antiguas.

La consulta

El mecanismo de consulta anunciado por el papa Francisco consiste en una modalidad democrática inédita para la Iglesia católica. Tendrá una duración de dos años y espera recoger la opinión sobre el futuro de la Iglesia de alrededor de 1300 millones de católicos en todo el planeta.

Los y las fieles podrán opinar sobre temas centrales para el catolicismo, tales como la participación de las mujeres en la toma de decisiones, la jerarquización social, la aceptación de grupos históricamente marginados, el aborto, las identidades de género e incluso el rol de los laicos en la comunidad.

La consulta popular durará dos años, constará de cuatro fases y sólo podrán participar aquellas personas que hayan sido bautizadas. La iniciativa fue celebrada por el ala progresista de la Iglesia, pero no significa que la institución haya decidido democratizar el proceso real de toma de decisiones. Porque si bien la consulta será popular y democrática, el Papa Francisco será quien adopte las decisiones finales. Dicho de otro modo: se trata de una suerte de megaestudio de opinión y no de una votación.

En la primera etapa, los católicos de parroquias y diócesis de todo el mundo debatirán los temas antes mencionados. También discutirán cómo identificar los estereotipos y prejuicios en sus comunidades locales y qué tipo de Iglesia creen que Dios quiere en el mundo actual.

Tras las discusiones a nivel nacional y continental, los obispos se reunirán en el Vaticano durante un mes en 2023. Prepararán un documento y luego el Papa escribirá una Exhortación Apostólica dando sus puntos de vista, sugerencias y quizás instrucciones sobre varios temas.

“No insonoricemos nuestro corazón; no nos quedemos atrincherados en nuestras certezas. Escuchémonos unos a otros”, recomendó el Papa. Pero todo tiene un límite. Francisco también expresó que si bien debería haber más consultas entre las diversas partes que conforman la Iglesia, es únicamente el Papa quien puede tomar las decisiones finales respecto de asuntos doctrinales.

La realidad es que Francisco apunta a fijar un rumbo y a dotarlo de una legitimidad propia, que podrá o no confluir en un concilio ecuménico, que es el instrumento mediante el cual la Iglesia fija los cambios políticos, religiosos, morales e ideológicos. Con esta medida, Jorge Bergoglio podría cambiar la forma en que la Iglesia Católica adopta decisiones y podría dejar su huella mucho después de que termine su pontificado.

Los defensores de la iniciativa papal la interpretan como una oportunidad para cambiar la dinámica de poder en el seno de la Iglesia y dar mayor protagonismo a los católicos laicos, especialmente a las mujeres, y a las personas tradicionalmente marginadas de la comunidad de fieles.

Por su parte, los conservadores sostienen que el proceso es una pérdida de tiempo que podría erosionar la estructura jerárquica de la institución que involucra a los 1300 millones de fieles y, a la larga, diluir la doctrina tradicional.

En una misa en la basílica de San Pedro, Francisco dijo que los católicos deben tener la mente abierta sobre el proceso. “¿Estamos preparados para la aventura de este viaje? ¿O tenemos miedo a lo desconocido, prefiriendo refugiarnos en las habituales excusas: “Es inútil” o “Siempre lo hemos hecho así'”?, sostuvo Francisco en una homilía.

Sucesión

En una época en la que el cristianismo católico continúa siendo la religión más numerosa, pero pierde seguidores constantemente frente a las iglesias evangélicas en todo el mundo, resulta interesante analizar un hecho aparentemente anodino protagonizado por el Papa pero que, en realidad, está cargado de sentido al momento de dilucidar el futuro de la Iglesia.

Hace poco, en una audiencia privada, el obispo de Ragusa quiso confirmar la presencia del Pontífice en los actos del 75° aniversario de la creación de su diócesis, que se celebrarán en 2025.

Francisco le respondió que, para ese entonces, asistiría “Juan XXIV”, su hipotético sucesor. Se trató de una broma, pero que se está haciendo recurrente y tiene un claro mensaje. No porque el Papa esté pensando en renunciar, idea que solamente anida en la imaginación de sus detractores. Sino por el nombre elegido para su sucesor.

Al elegir el nombre “Juan XXIV”, Francisco rememora a Angelo Roncalli, cuyo nombre pontificio fue Juan XXIII, ungido a punto de cumplir los 78 años y precedido por una fama de conservador. Sin embargo, terminó sorprendiendo a la Iglesia y al mundo con la convocatoria del segundo Concilio Vaticano. Fue ese Papa el último en iniciar una gran reforma de la Iglesia mediante la cual renovó la liturgia y sustituyó el latín por las lenguas vernáculas, apostó por el ecumenismo, se abrió al papel de los laicos en la Iglesia y se acercó al mundo contemporáneo para establecer un diálogo centrado “en lo que nos une y no en lo que nos separa”. Un dato significativo es que fue el propio Bergoglio quien lo canonizó en 2014.

La facción conservadora de la Iglesia, la que quiere jubilar a Bergoglio antes de tiempo, la que no puede acercarle un “tecito” a los aposentos de Su Santidad porque éste eligió vivir rodeado de gente en la Residencia Santa Marta, preferiría que el sucesor hipotético se llamara “Juan Pablo III”. En las antípodas de Roncalli, Karol Wojtila (Juan Pablo II) tenía una apariencia innovadora y juvenil que escondía cuanto hay de reaccionario y conservador en la Iglesia Católica. Eso incluyó hacer la vista gorda con la pedofilia en el seno de la institución porque había que ganarle la Guerra Fría a la Unión Soviética.

Francisco se apresta a festejar sus 85 años en diciembre con problemas de salud que se van multiplicando. Sabe que la Iglesia enfrentará dos futuros hipotéticos, uno conservador y uno progresista. Uno que puede conducir al marchitamiento y otro hacia la esperanza. Antes del fin, quiere establecer las bases para ser sucedido por un reformista. Un Juan XXIV, no un Juan Pablo III.

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